
¿Sabes esos libros que, cuando los terminas, te dejan como vacío, con la mente aún atrapada en la historia, necesitando un tiempo antes de siquiera pensar en empezar otro? Pues así ha sido El corazón del samurái para mí.
Adentrarte en el Japón y el Tokio de las tradiciones, de las lealtades… atrae, pero en este caso también sorprende y te descoloca. Porque son tradiciones y lealtades, sí, pero desde su lado oscuro, ese que te seduce al mismo tiempo que te hace cuestionarte cosas.
Eso es lo que le pasa a Mia, mitad japonesa, mitad americana. Ella conoce el Japón que le mostró su padre: el del respeto, el de las tradiciones, el que disfruta de la belleza efímera y del silencio, ese Tokio que, como dice, «… al estar dispuesto de forma orgánica, uno siempre acaba encontrando su camino…».
Pero en este viaje se topa con otro Tokio: el de la noche llena de luces, los barrios de casas de juegos, las casas de geishas, los restaurantes de nyotaimori… Y la Yakuza.
La periodista Mia llega a Tokio en busca de su gran noticia, de esa oportunidad única, hasta que se cruza con la Yakuza. Y lo hace hasta tal punto que esta quiere eliminarla.
Pero ¿qué pasa cuando el mayor ejecutor de la Yakuza, el denominado Samurái, en lugar de matarla, la esconde, la cuida y le descubre otro mundo? Un mundo que explica por qué el poder, las fuerzas de seguridad, la prensa y la gente en el país nipón consienten esa convivencia y connivencia.
Que los sueños mueren, o no. Que las oportunidades se pierden, o no. Que uno se encuentra a sí mismo y su lugar en este mundo que la rodea, donde hay tantas apariencias como verdades. Y donde, al final, lo que desea una simple periodista no es tan importante, excepto para ella y su entorno.
Y sí, Mia se enamora del Samurái, pero también de la persona tras él, de Kenji: del que fue, del que era cuando lo conoció, de quien le ocultó su identidad y de en quién se había convertido.
Porque, como dice, «… su otōsan sabía conmoverse ante la belleza efímera de las cosas…», mientras que ella «… en cambio, nunca tuve la capacidad de contemplar lo que nos rodea solo por el mero placer de hacerlo…». Y entenderlo le cambió la vida.
Todo esto lo cuenta Carmen con una genial manera de llevar la historia que, al menos a mí, en muchos momentos del libro me ha hecho sentir esos olores, esas soledades y esa intriga que la protagonista tenía hacia su Samurái.
Porque sí, la historia tiene un planteamiento muy bueno, la trama está bien llevada y los personajes, bien construidos. Se nota que no solo le apasiona Japón y su cultura, sino que ha dedicado tiempo a conocerla a fondo para que ese amor por el país nipón se refleje en sus palabras.
Una novela con los cambios de ritmo necesarios, con la tensión justa para mantenerte enganchada a su lectura y con un desenlace que, vale, puede ser previsible, pero está bien ejecutado.
¿Te atreves a viajar al Tokio de los bajos fondos, el juego, la Yakuza, la soledad y los sentimientos contenidos? Yo lo he hecho y me ha sabido a poco.
Por cierto, la carpa (el koi) siempre persevera.
