«Ni tan perfecta ni tan perdida» de Eleo Gaydou

Reconozco que no soy de las que subrayan, ni doblo esquinas, ni marco párrafos. Leo como quien camina por un bosque: avanzando, mirando, dejando que el paisaje hable, en este caso el texto. Pero a veces llega un libro que te obliga a pararte, a mirar lo que tienes delante de otra manera; que te agarra y te dice: esto, léelo otra vez. Pues, eso me pasó con Ni tan perfecta ni tan perdida. Desde el primer capítulo fue un no parar de señalar frases, párrafos, ideas, verdades dichas sin rodeos. Un avanzar sin querer avanzar; seguir leyendo pero, a la vez, necesitar tomarme un tiempo para seguir.

Eleo Gaydou escribe con una franqueza pocas veces vista. No edulcora lo cotidiano ni coloca paños calientes donde no hacen falta. Y aun así, o quizá por eso, construye una historia cálida, divertida y profundamente humana. Una comedia romántica que entretiene, sí, pero que también toca esos puntos sensibles que todas reconocemos: los miedos que no nombramos, las expectativas que pesan, la sensación, tan conocida, de que la vida a veces nos empuja más rápido de lo que podemos asumir.

Leire, la protagonista, ronda los cuarenta. Y aquí está, quizá, una de las grandes virtudes del libro: crear un personaje principal adulto, una mujer real, con una vida reconocible. Casa, hijas adolescentes, un trabajo absorbente, un matrimonio que hace tiempo entró en modo automático, y esa pregunta que aparece en silencio: ¿quién soy más allá de todo lo que hago por los demás? ¿Quién soy más allá de esta vorágine del día a día?

A través de la protagonista, la novela explora temas que pocas veces ocupan la primera línea en la romántica contemporánea: segundas oportunidades, el desgaste de los roles que parecen inamovibles, el equilibrio imposible entre ser madre, hija, pareja, profesional… y mujer. Eleo consigue no cae en el dramatismo ni en la queja. Lo cuenta desde un humor tierno, desde una lucidez auténtica. Y esa combinación hace que el libro entre, se quede y cuando te das cuenta estas mirando el punto y final y tu mente dando vueltas a lo que has leído, disfrutado y sufrido.

Mención especial —y muy merecida— para las escenas de amigas. Ese grupo de mujeres que sostiene, acompaña y dice la verdad cuando hace falta. Personajes secundarios bien trazados que sientes que podrías encontrarlas mañana tomando un café. Son una parte muy importante del alma de la historia: aportan aire, risas, realidad y una sororidad que no se fuerza, simplemente ocurre.

El romance también tiene su espacio. Fresco, natural, con un toque spicy que no desplazar la verdadera esencia del libro: la evolución de Leire, su necesidad de reconectarse con quien fue y con quien quiere ser. Esa idea de que nunca es tarde para reencontrarse con una misma, atraviesa cada página.

Y se agradece la cotidianidad que rezuma el libro. La escritora no necesita grandes giros para captar la atención; le basta con la verdad de lo pequeño: un desayuno caótico, un mensaje que llega a destiempo, una conversación que abre una grieta. Y eso es, precisamente, lo que lo hace tan real.

Ni tan perfecta ni tan perdida es una lectura honesta y refrescante, escrita desde la vida real pero con la chispa y la ternura de una buena comedia romántica. Una historia en la que es imposible no reconocerse, aunque sea un poquito. Una maravilla de principio a fin.


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