Tropiezos que veo una y otra vez en los manuscritos


Acabo de releer un párrafo mío y me he quedado mirando la pantalla con una pregunta resonando en la cabeza: «¿Qué demonios acabo de escribir?». Y no, no era el manuscrito de un autor al que estuviera corrigiendo: era mío. Me consuelo pensando que es un mal endémico; nos pasa absolutamente a todos, desde quien teclea su primera novela hasta quien redacta un post para Substack.

Y es que esto de escribir es como lanzarse a un viaje épico a ciegas. Tienes tus mapas (esos esquemas a medio trazar), tus provisiones (café y galletas para engañar a la desesperación) y una dosis de valentía digna de un caballero medieval. Pero entonces, tras la última palabra, llega el temido momento de revisar.

¿Alguna vez te ha invadido esa confusión al releer tus propios textos? Los que ya sois duchos en esto sabéis bien de qué hablo: ideas que en la cabeza sonaban como una sinfonía, pero que al llegar al papel se convierten en una ensalada en la que los ingredientes no acaban de ligar.

Así que me he dicho: «no te preocupes, no estás sola». Por eso, hoy he decidido que nos sentemos a charlar sobre esos tropiezos invisibles que más veo cuando empezamos a escribir ficción, y cómo podemos darles la vuelta.

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Las frases que te dejan sin aire. Imagina que estás contando un chiste buenísimo en un bar y te enrollas tanto en los detalles que, al llegar al remate, ya nadie recuerda de qué iba la historia. Con las oraciones pasa exactamente lo mismo.No se trata de recortar tu creatividad, sino de construir puentes: dividir una idea larga en partes que el lector pueda cruzar sin perder el hilo. Mi truco de cabecera es leerlas en voz alta. Si te ahogas a media frase, ahí sobra maleza o falta puntuación.

Diálogos con olor a museo. «Buenos días, estimada hermana, ¿cómo amaneciste en este día tan esplendoroso?». Si tus personajes se saludan así, la magia de la ficción se rompe. Las personas de carne y hueso dudamos, nos interrumpimos, no sabemos qué decir y dejamos las frases a medias. Un buen diálogo debe sonar a conversación de madrugada con amigos,no a protocolo diplomático. Además, los tratamientos importan: a veces basta con cambiar un «usted» por un «tú» para transformar por completo la relación entre dos personajes.

El narrador con doble vida. Hoy estamos en la cabeza de Marta y, dos líneas después, sin previo aviso, en la de Juan. Es como cambiar de canal de televisión a escondidas sin tener el mando: descoloca, marea y hace que el lector ya no sepa a quién sigue. Lo más seguro es mantener un solo punto de vista por escena. Ojo, el narrador omnisciente es una opción totalmente válida; el problema no es que el narrador sepa mucho, sino que salte de una mente a otra sin que el lector se entere.

Un ritmo que cojea. Si te pasas páginas enteras describiendo, aburres; si vas demasiado deprisa, pierdes al lector. Es pura musicalidad: una canción demasiado lenta te duerme, y una demasiado rápida te marea. Lo ideal es alternar acción y descripción. Mi regla de bolsillo es sencilla: si una escena se arrastra, quita detalles; si va demasiado rápida, añade contexto (pero sin volver a la lentitud). Y cuidado con saltar de una escena a otra sin dar una pista: lo que para ti es un puente obvio, para quien lee puede ser un abismo.

Adjetivitis aguda y escenarios de cartón. Los adjetivos y los adverbios son como la sal: una pizca realza el sabor, pero si se te vuelca el salero, lo estropeas todo. «El majestuoso y reluciente castillo medieval de piedra grisácea» pesa más que un diccionario. Confía en la fuerza bruta de tus sustantivos y verbos. Y lo mismo aplica a tu mundo: si un personaje es predecible de principio a fin, el lector lo nota en tres páginas. Dales complejidad y evolución. No basta con decir dónde ocurre la escena; deja que el lector la huela, la oiga y la toque usando los cinco sentidos.

Escribir es reescribir. Si algo me tranquiliza es saber que ni los grandes genios se libran. Hasta Cien años de soledadpasó por versiones previas antes de ser la novela que conocemos, y a un amigo escritor de García Márquez alguna de las primeras le pareció incomprensible. Equivocarse forma parte del proceso, y la práctica hace al maestro.

Eso sí, corregir tu propia obra es como intentar cortarte el flequillo tú mismo frente al espejo del baño: puede salir bien,pero lo más probable es que acabes con un trasquilón y enfurruñado con el resultado. Por eso, cuando un texto importa de verdad, una segunda mirada profesional marca la diferencia. Un corrector no solo caza erratas: detecta esos ritmos que cojean y te da herramientas para pulir tu estilo y conectar mejor con quien te lee.

Yo, mientras el ordenador por fin se ha reiniciado —sí, el karma de la semana ha querido que me la juegue justo cuando estaba acabando este artículo— y el café se enfría a mi lado, voy a guardarlo y a apartar la vista de la pantalla, que ya me pide un descanso.

Nos leemos.


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